Amurando el olvido

Sólo queda enterrarla en la soldedad del silencio, de no concederle minutos en público, de negar cualquier posibilidad surgida en el pasado, de cualquier recuerdo venidero de buenos tiempos, de eliminar cualquier impronta suya, inmolarla con cualquier vanalidad temporal; eso al menos para restablecer aquellos sentimientos que tocó.

Esta vez es diferente, esta vez me precede una rutina que me eh encargado de mejorar, de alimentar, de pulir. Esta vez no hubo dopamina, pero hubo algo más, algo que me hizo caer y querer más, esperando cualquier apiado divino para merecer y disfrutar. Siempre es extraño, siempre es distinto, pero siempre tan monótono el proceso de unión y de ruptura, como sí estuviera escrito algo y nosotros fueramos los escribanos de una historia impuluta.

Habrá escenarios en los que es mejor olvidar, dejar que las cosas por sí solas fluyan o es necesario encausar todo. ¿Todo en cuánto a qué? A lo que sea mejor para nosotros mismos, porque el hecho de olvidar no es solucionar ¿Solucionar qué? Los diferentes desacomodos en las ramitas que componen nuestra vida, el probarnos a nosotros mismo que fue superado, que ahora somos inmunes, obedeciendo las mismas reglas que el sistema inmunológico, primero conozo el antígeno, después lo elimino.

Los tres párrafos anteriores no son precisamente algo triste, sino un autoexamen que descubres de ti mismo, a raíz claro está de personas cercanas o eventos fortuitos, pero al final como individuo decides la importancia y la forma de la solución.

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